El santuario de Las Lajas , incrustado como un milagro de piedra en el abismo del cañón del río Guáitara, parecía flotar sobre un mar de neblina blanca y helada. No era la bruma limpia de los páramos de Nariño; esa noche, el aire que subía desde el fondo del desfiladero arrastraba un miasma sutil, un olor a vegetación ahogada en el agua estancada del río y al frío húmedo de las criptas subterráneas . Arturo caminaba por el puente gótico que unía el abismo con el templo. Cada paso crujía en el suelo húmedo. Se detuvo a mirar los miles de exvotos y placas de agradecimiento clavados en la roca viva de la montaña. En la penumbra, las inscripciones de "Milagro concedido" y "Gracias por la salud" parecían testamentos de una desesperación antigua, una energía acumulada por siglos de suplicantes que habían dejado allí sus dolores y fiebres para que la piedra los absorbiera. Al cruzar el umbral del santuario, el frío exterior fue sustituido por una atmósfera densa, casi só...
La niebla en San Juan Chamula no baja del cielo; brota de la tierra misma como un aliento agrio, cargado de cera derretida, copal rancio y el olor dulzón de la fruta podrida en los callejones del mercado abandonado. Jacinto sabía que debía marcharse antes de que el sol cayera tras los cerros de Chiapas, pero sus pies pesaban como si la misma humedad del suelo se le hubiera metido en los huesos. Desde la ventana de su hostal, observaba el templo de muros blancos y umbral verde. No había campanas sonando, solo un murmullo denso, un siseo colectivo que parecía viajar en el aire estancado, colándose por las rendijas de la madera. El aire allí era un miasma espeso que sabía a tierra húmeda y a refresco de cola rancio, el brebaje sagrado que los curanderos usaban para expulsar los malos espíritus con eructos. Jacinto tosía, sintiendo una opresión en el pecho, una náusea que, extrañamente, le resultaba reconfortante. Era la hipnosis de la decadencia. El humo de miles de velas negras, e...